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Cuento: La princesa triste

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En un paraje encantador junto al mar, vivía una bella princesa rubia, en su hermoso palacio de cristal.
 
Las hadas más diestras le confeccionaban los más bellos vestidos con pétalos de rosa, y la blanca niebla marina peinaba su larga cabellera.
 

Pero la princesita no era feliz, pues en su delicado corazón se anidaba la envidia. Y en una continua tristeza se pasaba las horas tras las amplias ventanas de su palacio, contemplando el vaivén incesante de las olas marinas.
 

Un día divisó en el horizonte un punto blanco, que poco a poco se fue agrandando. Era una carabela con todas sus velas desplegadas al viento, la cual no tardó en llegar a la orilla.
 

Un rato después, pidió audiencia un apuesto marinero.
 

— ¿Qué motivo te trajo hasta mi solitario palacio? —le preguntó la princesa.
 

— Me enteré de vuestra eterna tristeza y me he propuesto que la sonrisa ilumine vuestro lindo rostro —dijo el joven.
 

— Eres osado, marinero. ¿Sabes que los sabios más egregios han intentado lo mismo sin éxito?
 

— Dejadme probar. Si fracaso, podéis disponer de mí.
 

— Demuéstrame tu ingenio, marinero.
 

El joven pidió un día de plazo para pensar y, al día siguiente, volvió a hablar con la melancólica princesa.
 

— ¿Por qué estáis siempre tan triste? —le preguntó.
 

— A nadie se le ha ocurrido preguntármelo.
 

— Pero yo os lo he preguntado.
 

— Pues bien: estoy triste porque no puedo encontrar un joyel incoloro, duro y cristalino, tan puro y transparente como una gota de rocío.
 

— ¿Nada más que por eso?
 

— Tener sólo eso me haría feliz.
 

— Lo conseguiréis, pero vos misma iréis a buscarlo.
 

— ¿Cómo sabré dónde encontrarlo?
 

— Yo os guiaré, princesa.
 

Navegaron varios días en la carabela y arribaron, al fin, a una lejana costa. Luego, el marinero dijo:
 

— Tenemos que separarnos, princesa. Seguid por este camino hasta llegar a la cima.
 

— ¿Y qué haré cuando llegue?
 

— Lo que os dicte el corazón. Si necesitáis mi ayuda, haced sonar este silbato y acudiré al instante.
 

Al quedarse sola la princesa en aquel extraño paraje, se sintió más triste aún y lloró desconsoladamente varias horas. Pero al dejar resbalar las lágrimas por sus mejillas, se dio cuenta que jamás en su vida había llorado; y que su corazón se desahogaba de aquella fea envidia que consumía su alegría.
 

Sonrió de pronto, y sus lágrimas, al caer sobre las rocas de la playa, se convertían en brillantes duras gotas de rocío.
 

— ¡Esto es precisamente, lo que deseaba! —exclamó ella—. Durísimas gotas de rocío para adornar mi cabellera.
 

Y recogiendo el rocío, la princesa sonrió por vez primera en su vida. Loca de alegría, tocó el silbato llamando al joven marinero. Llegó presto éste, y al estrechar la mano que le tendía la princesa, se convirtió en un apuesto príncipe.
 

Contó luego a la asombrada princesa que había sido encantado por una maligna hada del mar. Sólo recuperaría su verdadero estado cuando una bella princesa —que jamás hubiese llorado— estrechase su mano agradeciéndole un favor.
 

La princesa que vivió triste, ahora sonreía. Se casó con el príncipe y fueron tan felices, tanto que ella jamás quiso regresar a su palacio de cristal...

Cuento: El gigante egoísta

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Érase una vez un lugar en el cual los niños, al salir de la escuela, acudían cada tarde a jugar al jardín que poseía en su castillo un extraño hombre al que apodaban Gigante, y que hacía mucho tiempo no habitaba por allí. ¡Era un jardín tan hermoso! Se encontraba enteramente cubierto de hierba fresca, frutas de temporada y flores tan coloridas y brillantes como las estrellas más lucientes del cielo. Anidaban en sus árboles también los pájaros, que tendían a entonar bellísimas canciones que a los niños les encantaba escuchar. ¡Qué felices eran los niños en aquel lugar! Hasta que un día el Gigante, que había ido a visitar a su amigo el Ogro de Cornualles, decidió regresar a su hogar:
- ¡Qué hacéis en mi jardín, desdichados! ¡Sólo yo lo piso y juego en él!- Exclamó enfurecido el Gigante, que a partir de entonces, decidió levantar un muro en torno al castillo y un cartel a las puertas de la entrada al mismo, que amenazaba con represalias a todo aquel que se decidiese a penetrar en él.
- ¡Qué Gigante tan egoísta! ¡Éramos tan felices allí…! – Se decían los niños, muy apenados tras el suceso, puesto que desde entonces no disponían de ningún lugar adecuado y sin peligros en el que poder jugar.
Gigante-egoísta-2
Pasado un tiempo, cuando de nuevo llegó la primavera, toda la comarca se llenó de capullos y flores espléndidas. Toda, salvo el jardín del Gigante que parecía haberse detenido en el frío y crudo invierno. Las flores, los pájaros… Todos habían abandonado el jardín del Gigante egoísta entristecidos por la ausencia de los niños.
- ¡La primavera se ha olvidado de este jardín! – Gritaron ufanos la nieve y el hielo, decididos a invitar también al viento del norte en su gris paraíso. Este aceptó, y celebró su llegada tumbando con su fiereza las chimeneas que se alzaban humeantes a su alrededor, e invitando también al granizo que al igual que él aceptó, derrumbando con su llegada y sus terribles golpes, fachadas de casas y cobertizos.
- ¡Cómo puede tardar tanto en llegar la primavera! – Exclamaba el Gigante aterido de frío. Y la primavera finalmente no llegó, ni lo hizo el verano, y siempre parecía invierno en el jardín del Gigante.
Una mañana, echado en su cama, el Gigante percibió una música que le resultó bellísima. Se trataba de un humilde jilguero que cantaba posado sobre el alféizar de su ventana. Hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba el canto de un pajarillo, que el de éste le pareció el sonido más maravilloso que podía existir. De pronto, la nieve, el granizo, el viento y el hielo, dejaron de azotar su jardín y un delicioso perfume se adentró en su cuarto desde del exterior.
- ¡Creo que por fin ha llegado la primavera! – Exclamó dichoso el Gigante.
Al asomarse a la ventana, pudo observar a los mismos niños que un día había echado de su jardín. Los pequeños, que habían aprovechado una grieta abierta en el muro para volver a entrar, se encontraban allí jugando y riendo  sentados sobre las ramas de los árboles, colmándolas de dicha. Los pájaros revoloteaban y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped para verles mejor. Sólo en un rincón del jardín continuaba siendo invierno. En él, se encontraba un niño muy pequeño, tanto, que no podía alcanzar las ramas de los árboles como los otros niños, y daba vueltas llorando asustado sobre sí mismo.
- ¡Sube pequeño! – Le gritaba el árbol situado en aquel rincón, tendiéndole como podía sus ramas llenas de escarcha.
El corazón del Gigante se enterneció al contemplar desde su ventana aquella escena, y se lamentó con amargura.
- ¡Qué egoísta he sido! Ya sé al fin, porqué la primavera no quiso venir a mi jardín.
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Y tras aquellas palabras se propuso colocar al pequeño niño sobre la copa del árbol, derrumbar el muro que cercaba el jardín, y convertirlo tras esto, en el más maravillo lugar de recreo que los niños pudieran tener por siempre jamás. Pero al salir al jardín para cumplir sus cometidos, los niños se asustaron tanto que corrieron despavoridos huyendo de los árboles y del jardín, y trayendo con su fuga de nuevo el invierno. Sin embargo, un niño permaneció allí quieto sobre el jardín. Se trataba del pequeño situado en el rincón al cual no había llegado la primavera. El niño tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no había podido ver al Gigante, y éste lo cogió cariñosamente con sus manos, depositándole sobre el árbol al que no conseguía llegar. Tras ello, los pájaros acudieron y el pequeño envolvió el grueso cuello del gigante con sus tiernos  bracitos, y le regaló un beso. Los demás niños, que habían permanecido tras el muro observándolo todo, comprendieron que el Gigante ya no era malo ni egoísta y volvió con ellos y para siempre la primavera.
- ¡Desde ahora este es vuestro jardín! – Y el Gigante derrumbó el muro con un hacha.
Todo el pueblo pudo contemplar desde entonces la belleza y la felicidad reinante en aquel lugar al pasar frente al castillo. Los niños fueron felices y tuvieron un sitio seguro en el que jugar el resto de sus vidas.
- Tengo muchas flores hermosas, pero los niños son las flores más bellas – Dijo el Gigante conmovido por la felicidad de aquellos días.
 Sin embargo, la dicha del Gigante no era completa, ya que el pequeño niño que le había ayudado a despertar de su egoísmo no había vuelto al jardín desde aquel día. Y el Gigante envejeció con la pena de no volver a ver al pequeño corretear por su jardín. Ya cansado y débil, observaba una tarde de invierno desde una ventana jugar a los niños sobre el florido y fresco césped, cuando de pronto observó que en un rincón del jardín había florecido milagrosamente la primavera. Ante él, apareció aquel pequeño niño que tanto tiempo había esperado, con el mismo aspecto y rostro tierno de entonces, pero con unas extrañas señales de clavos sobre sus pies y manos. El niño, que observó el rostro preocupado del Gigante al verle, le dijo:
- No te preocupes por nada. Vengo a devolverte el regalo que me hiciste aquel día en tu jardín florido, y hoy quiero acompañarte al mío en el Paraíso – Exclamó el pequeño, dando al Gigante un beso en la frente tan tierno o más como el de aquel día.
 Aquella misma tarde encontraron al Gigante inerte, muerto, que sin embargo parecía dormir plácidamente y feliz tendido bajo el árbol florido, todo cubierto de capullos blancos…
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Cuento: El Jorobado de Notre Dame

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En uno de los lugares más hermosos de la ciudad de París, se hallaba una gran construcción, casi tan bella, como la ciudad que le daba cabida: Notre Dame. Notre Dame se trataba de una inmensa catedral que, según se decía, guardaba muchos misterios y, entre ellos, una historia en la cual lo feo y lo bello, así como lo malo y lo bueno, se entremezclaban entre la leyenda y la realidad. Dentro de aquella catedral se escondía un ser muy extraño, cuyo cuerpo al parecer, se asemejaba más a lo monstruoso que a lo humano. La maldad de los hombres había condenado a aquel ser llamado Quasimodo, a vivir en la oscuridad alejado del resto, a pesar de poseer un alma tan limpia como jamás se había visto en ningún otro lugar. Quasimodo habitaba la torre del campanario de la catedral, pero no lo hacía solo, le acompañaba un hombre muy cruel, el juez Frollo, que había visto nacer a Quasimodo erigiéndose en su amo desde entonces. Un día, Quasimodo, harto de su encierro y muerto de curiosidad por lo que pudiera haber en el exterior, decidió abandonar la torre del campanario e irse a explorar aprovechando uno de los días de fiesta más importantes de la ciudad, el Festival de los Bufones. En aquella fiesta Quasimodo pudo ver y conocer a la joven Esmeralda, y le pareció la persona más bella del mundo. Quasimodo también conocería aquel día al capitán de los soldados, Febo, y poco a poco, ambos se convertirían en sus mejores amigos. Qué feliz se sentía Quasimodo al ver que al fin era aceptado, a pesar de su apariencia, como uno más. Febo y Esmeralda, la gitana, pudieron contemplar en Quasimodo la nobleza y bondad de su alma y no dudaron en entregarle su amistad. Hasta el resto de la gente que poblaba la ciudad se dio cuenta de la riqueza de Quasimodo, y decidieron premiarle en la fiesta como Rey de los bufones, al feo más simpático y amable de todo el lugar. Sin embargo, Frollo, que contemplaba desde muy cerca la huida del campanario y traición de Quasimodo, no podía creerlo y, poco a poco era consumido por la rabia y el rencor. La maldad y el egoísmo de Frollo, no le permitían comprender que Quasimodo caminara libre por el mundo, y mucho menos que pudiese ser feliz. De manera que decidió urdir un plan para alejar a Quasimodo de sus nuevos amigos. Y de este modo, fue como Esmeralda y Febo fueron apresados y encarcelados, y Quasimodo conducido de nuevo al torreón de la catedral advertido de las consecuencias que tenía burlar y no obedecer las normas de un amo. Encadenado en el campanario de la catedral, el pobre Quasimodo no alcanzaba a comprender el porqué de tanta desdicha y maldad en un hombre. El cuerpo de Frollo no poseía ninguna deformidad como sí la poseía el suyo, y sin embargo, su corazón y su alma se encontraban completamente retorcidos bajo una apariencia aparentemente perfecta. Aquel corazón podrido por la envidia y el odio, y no él, sí que representaba la verdadera fealdad de los seres humanos… ¡Qué rabia e impotencia sentía Quasimodo ante tanta injusticia! Y tras mucho pensar, decidió que debía ponerle fin a aquella situación poniéndose en marcha. Fortalecido por el recuerdo de sus amigos, y sobre todo, por el recuerdo de la joven Esmeralda, sus brazos consiguieron finalmente romper y hacer añicos las cadenas que le amarraban a la torre del campanario, y aunque era consciente de que Frollo jamás le perdonaría aquel desafío, su sentido de la justicia y de la amistad le convertían en alguien mucho más fuerte y poderoso que el miedo mismo. Así, tras liberarse de las cadenas, consiguió encontrar a sus amigos y liberarles también. La liberación de Febo y de la joven Esmeralda convirtió a Quasimodo en un auténtico héroe local: un héroe feo, tal vez, pero poseedor del alma más hermosa y poderosa de toda la ciudad.

Cuento: La sirenita

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Hace mucho tiempo, cuando el fondo del mar tenía hermosos palacios de mármol y coral, habitados por bellas sirenas, había entre ellos uno que se decía estaba encantado.
 
La más joven de la seis princesas sirenas que vivían en aquel palacio encantado se sentía desgraciada, no obstante poseer el cutis de rosa y los ojos azules como el agua marina.
 
— Mamá —preguntó un día la sirenita a su madre— ¿cuándo podremos salir a la superficie para admirar las cosas tan bellas que hay en la tierra?
 
— Cuando tengáis quince años —le respondió su madre—. Entonces podréis sentaros sobre las rocas, a la luz de la luna, y admirar los barcos que cruzan los océanos. 

Pero la pequeña, no pudiendo contener su impaciencia nadó hacia la superficie sin que nadie la viera.
 
El mar estaba muy alborotado y la sirenita, llena de espanto, vio cómo un barco se estrellaba contra los arrecifes.
 
De pronto, oyó la voz de un joven que pedía socorro. La sirenita nadó hacia él y lo cogió por los cabellos, antes de que se hundiera. Se dijo, entonces, la pequeña:
 
— Se ha desmayado. Lo mantendré a flote y lo llevaré a la playa.
 
Cuando salió el sol, la gente de la ciudad encontró al joven en la playa. La sirena, escondida, detrás de unas rocas, observó los gestos de alegría de la muchedumbre.
 
— ¡Nuestro príncipe se ha salvado! —gritaban.
 
El príncipe sonreía feliz a quienes le aclamaban y luego entró con la gente en un palacio blanco. La sirenita, apenada por no haber recibido las gracias de su protegido, volvió al fondo del mar y no pudo sonreír desde entonces.
 
— ¿Qué has visto en la superficie? —le preguntaron, curiosas, sus hermanas.
 
Pero ella no les respondió. Siempre había sido silenciosa y pensativa, pero ahora lo fue mucho más. Procuró distraerse cuidando las bellísimas flores de su jardín submarino. Muchas veces subió a la superficie, en las noches de luna, pero nunca más volvió a ver al príncipe.
 
Un día, no pudiendo acallar más su pena, contó a sus hermanitas lo que le había sucedido.
 
— Si pudiera caminar por la tierra —les dijo—, iría a buscar el príncipe y no me apartaría de su lado.
 
— Quizá logres tu deseo —dijo un pulpo que había estado escuchando—, si haces una visita a la bruja de la cueva de los acantilados.
 
La sirenita fue hasta esa cueva y encontró a la bruja. Ésta le preguntó con voz desafinada:
 
— ¿Qué quieres de mí?
 
— Quisiera tener dos piernas como las princesas de la tierra.
 
— Te has enamorado del príncipe ¿no es cierto?
 
— Sí —respondió la sirenita, con voz trémula.
 
— Te ayudaré —prometió la bruja—. Conseguiré que tu cola de pez se convierta en un par de robustas piernas, pero tú, a cambio, tendrás que darme algo.
 
— Te daré lo que desees —dijo la sirenita—; todo el oro que hay en el mar, collares de perlas y de coral.
 
— ¡Bah! ¡Bah! —Interrumpió la bruja—. Todo eso no me interesa. Lo que quiero es tu voz.
 
— Pero si me quitas la voz, ¿cómo podré hablar con el príncipe? —replicó la sirenita.
 
— En tus ojos leerá él lo que sientes —afirmó la bruja.
 
— De acuerdo —se resignó la sirena—. Te daré mi voz, a cambio de las dos piernas con la que iré donde el príncipe.
 
— Toma este brebaje —dijo la bruja, ahora con la dulce voz que le había dado la sirena—, y verás cumplidos tus deseos.
 
La sirenita bebió el brebaje y su cola de pez desapareció para dar paso a un par de esbeltas piernas. Luego, se fue a la ciudad y encontró que en el palacio del príncipe estaban celebrando una fiesta.
 
— No te dejarán entrar, preciosa —le dijo un conejito curioso, que atisbaba en la puerta.
 
— ¿Por qué no? —Dijo la joven—. Mi traje es tan hermoso como el de esas damas que bailan en el salón.
 
Tal como lo pensó, los centinelas, al verla tan elegante y bonita, se apartaron para abrirle paso. El príncipe, al verla entrar al salón, le pidió que bailara con él. La sirena accedió, emocionada, con una angelical sonrisa.
 
— ¿Cómo te llamas? —interrogóle el príncipe, pero la sirenita, como se había quedado muda, no pudo responder.
 
— ¿Eres muda? —volvió a preguntar el príncipe, y ella, llorando de pena, afirmó con la cabeza.
 
— Ven —le dijo el príncipe después del baile—, quiero que conozcas a mi novia, que es tan bonita como tú.
 
La sirenita hubiera querido gritar: ¡Yo también te quiero! ¡Yo te salvé de morir ahogado! Pero, como no tenía voz, nada pudo decir.
 
Pasados unos días, el príncipe se casó con la bella princesa que había venido de remotos países.
 
La sirena tuvo que conformarse con llevar la cola del albo vestido de la novia. Las campanas sonaban con ritmo de fiesta, pero para ella resonaban tristemente.
 
Los novios se embarcaron en una hermosa nave y la sirena fue a despedirlos a la playa. Y allí se quedó hasta el anochecer. Sus hermanas, que salieron a la superficie, le dijeron:
 
— No llores más, hermanita. Nosotras, las sirenas, no podemos conquistar el amor de un ser humano. Debes resignarte.
 
La bruja devolvió la cola de pez a la sirena y las seis hermanas volvieron al fondo del mar.
 
Y en las noches de luna, la sirenita enamorada vuelve a salir a la superficie a espiar el paso de los barcos.
 
Desfilan muchas naves, pero en ninguna viaja el príncipe a quien un día le salvó la vida y por quien languidece de amor.

Cuento: DUMBO

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El tren del circo, lleno de animales, payasos y acróbatas, viajaba a través del campo. La locomotora iba delante resoplando y arrastrando a los vagones. En cada ciudad por donde pasaban, el circo daba un gran espectáculo. Era primavera y las mamás animales esperaban el acontecimiento más importante del año: la llegada de las cigüeñas que iban a traer a los bebés. Miraban anhelantes al cielo, y finalmente una cigüeña entregó un paquete a una joven mamá elefante. La señora Jumbo desenvolvió su envío y los demás elefantes lo rodearon diciendo: - ¡Qué bebé tan lindo! ¡Qué rico es! De pronto, el bebé hizo una mueca y estornudó. Con el estornudo desplegó las orejas y todos vieron que eran muy grandes. Los elefantes empezaron a burlarse: - ¡Qué enormes orejas! – ¡Parece un barco de vela! – Déjeme que las toque. ¿Serán de verdad? A la señora Jumbo no le gustaron las bromas y gritó: - ¡Aparten sus trompas de mi bebé! ¡No quiero que se metan con él! El elefantito empezó a llorar, pero la señora Jumbo lo acercó a su cuello, acariciándolo con la trompa. - Vas a llamarte Dumbo, le dijo. Al día siguiente, el tren paró en una ciudad, donde los elefantes ayudaron a armar el circo. Hasta el pequeño Dumbo trabajó al lado de su madre. Por la tarde todos desfilaron por la calle principal. El primero iba el director del circo; a su lado, dos payasos; después venían los camellos, leones y tigres, y cerrando el desfile iban los elefantes, con Dumbo al final. cuento-infantil-dumbo EL pequeño estaba tan emocionado que tropezó con sus orejas. Unos chicos traviesos empezaron a tirarle de ellas, riéndose a carcajadas y burlándose. - ¡Con esas orejas no te mojarás en días de lluvia! La señora Jumbo se enfureció, llenó la trompa de agua y dio un baño a los chavales. Como eso no había ocurrido nunca antes, todos pensaron que se había vuelto loca. El director del circo mandó encerrar a la señora Jumbo en un vagón con barrotes. El pobre Dumbo se quedó fuera llorando, solito y asustado. Los demás elefantes comentaban el suceso, echando la culpa a Dumbo. Decían que su madre estaba presa por su causa. - ¡Tú no eres un elefante, eres un monstruo! El ratoncito Timoteo apareció para defender al pequeño y los elefantes huyeron debido al miedo que tenían a los ratones, en ese momento Timoteo y Dumbo se hicieron grandes amigos. Al siguiente día, el director del circo decidió que Dumbo trabajara en el número de los payasos. Montaron en la pista una gran casa de papel, en donde Dumbo tenía que saltar a través del fuego para caer en la lona de los bomberos pero, al realizar el salto, cayó de mala manera y la gente se rió a carcajadas. El pequeño, después del espectáculo, estaba muy dolorido por lo sucedido, Timoteo al verle en ese estado le dio tanta lástima que tuvo una gran idea: -Tus orejas parecen alas. Tú puedes volar. ¡Vamos, empieza a agitar las orejas, arriba, abajo! -¡Pero los elefantes no vuelan!, protestó Dumbo. -Ese es su problema, respondió Timoteo. ¿Te acuerdas que te decían que tú no eras un elefante? Tú volarás. Vamos a entrenarte al campo. ¡Date prisa! Dumbo se animó mucho y siguió a Timoteo hasta un barranco, donde empezaron el entrenamiento. Timoteo mandó a Dumbo que saltara, agitando las orejas como si fuesen alas pero no se atrevía a saltar solo por lo que Timoteo se subió en su sombrero. Con su amigo acompañándole se armó de valor y realizó un espectacular salto, moviendo las alas, pero cayó en plancha al suelo. Dumbo y Timoteo probaron muchas veces. Saltaba al barranco, movía las orejas, pero siempre se estrellaba con el suelo. No conseguía volar. Al acabar el entrenamiento los dos estaban tan cansados que se quedaron a dormir allí mismo. Durante la noche, el pequeño elefantito soñaba que planeaba en el aire, volando ligero y ágil como un pajarito hasta que a la mañana siguiente, cuando Timoteo despertó, vio enfrente a cuatro cuervos. - ¿Dónde estoy?, preguntó restregándose los ojos. – Está usted en la copa de un árbol. Y ahora explíquenos cómo usted y ese elefante han conseguido subir aquí, dijeron los cuervos admirados. Timoteo se quedó atónito. ¡Era verdad!¡Estaban en la copa de un árbol! - ¡Despierta, Dumbo, despierta!, gritó Timoteo muy excitado. ¡Serás famoso! ¡Puedes volar! Dumbo despertó, y sólo de pensar que había volado dormido, se sintió aturdido. - Vamos, Dumbo, inténtalo ahora. Vamos a volar de aquí hasta abajo, dijo Timoteo. Dumbo se lanzó al aire, pero cayó en un charco de agua que había debajo. Se levantó medio atontado, todo sucio y mojado. Los cuervos se rieron: - ¡Ja,ja,ja!¡Lo que faltaba!¡Que los elefantes volasen! Timoteo se encaró con ellos: -¡Ustedes no tienen corazón! ¡Burlarse de un pobrecillo que nació con orejas como alas! Los cuervos pidieron disculpas y prometieron enseñar al pequeño elefante a volar. - Toma esta pluma mágica, dijo el cuervo. Ella te hará volar. Nuestros pajarillos aprenden con ella. Dumbo tomó la pluma mágica con la trompa y cogió confianza. Agritó las orejas y empezó a volar. -¡Viva!¡Estas volando!, exclamó Timoteo muy contento, acomodado en el sombrero de Dumbo. -¡Vamos a darle un diploma de elefante volador!, dijeron los cuervos, entusiasmados con el alumno. Dumbo se entrenó bastante y aprendió muchos trucos. Después, regresó al circo. Timoteo, como siempre, iba escondido en el ala de su sombrero. Aquella noche, una vez más, Dumbo tenía que saltar de la casa en llamas. Pero todo fue diferente: ¡salió volando! El público aplaudió entusiasmado. Todos estaban admirados de ver un elefante volador, pero en un pequeño instante mientras volaba perdió la pluma mágica y empezó a caer. - ¡Puedes volar sin ella, Dumbo! ¡Continúa batiendo las orejas!, ordenó Timoteo. Dumbo obedeció y subió de nuevo con el aire. La gente aplaudía y gritaba: - ¡Viva, Dumbo, el elefante volador! ¡Viva!. Nuestro amigo se hizo tan famoso que el circo pasó a llamarse con su nombre. Su madre fue liberada y le dieron un vagón especial, muy bonito, al final del tren, desde el que podía ver a su hijito volar cuando viajaba.