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Fabula de la liebre y la tortuga

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Las fábulas son cortas y breves narraciones literarias, normalmente en verso, que terminan siempre con un mensaje de enseñanza o moraleja de carácter instructivo para los niños.

Fábula de la liebre y la tortuga.
 En el mundo de los animales vivía una liebre muy orgullosa y vanidosa, que no cesaba de pregonar que ella era la más veloz y se jactaba de ello ante la lentitud de la tortuga. - ¡Eh, tortuga, no corras tanto que nunca vas a llegar a tu meta! Decía la liebre burlándose de la tortuga. Un día, a la tortuga se le ocurrió hacerle una inusual apuesta a la liebre: - Estoy segura de poder ganarte una carrera - ¿A mí? Preguntó asombrada la liebre. - Sí, a ti, dijo la tortuga. Pongamos nuestras apuestas y veamos quién gana la carrera. La liebre, muy ufana, aceptó. Todos los animales se reunieron para presenciar la carrera. El búho señaló los puntos de partida y de llegada, y sin más preámbulos comenzó la carrera en medio de la incredulidad de los asistentes. Confiada en su ligereza, la liebre dejó coger ventaja a la tortuga y se quedó haciendo burla de ella. Luego, empezó a correr velozmente y sobrepasó a la tortuga que caminaba despacio, pero sin parar. Sólo se detuvo a mitad del camino ante un prado verde y frondoso, donde se dispuso a descansar antes de concluir la carrera. Allí se quedó dormida, mientras la tortuga siguió caminando, paso tras paso, lentamente, pero sin detenerse. Cuando la liebre se despertó, vio con pavor que la tortuga se encontraba a una corta distancia de la meta. Salió corriendo con todas sus fuerzas, pero ya era muy tarde: ¡la tortuga había ganado la carrera! Ese día la liebre aprendió, en medio de una gran humillación, que no hay que burlarse jamás de los demás. También aprendió que el exceso de confianza es un obstáculo para alcanzar nuestros objetivos. Esta fábula enseña a los niños que no hay que burlarse jamás de los demás y que el exceso de confianza puede ser un obstáculo para alcanzar nuestros objetivos. Si conoces alguna otra fábula para niños y quieres compartirla con nosotros y los demás padres, estaremos encantados de recibirla.

Fabula de la liebre y la tortuga (Audio)

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La liebre y la tortuga

Las fábulas son cortas y breves narraciones literarias, normalmente en verso, que terminan siempre con un mensaje de enseñanza o moraleja de carácter instructivo para los niños.

Cuento: La princesa triste

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En un paraje encantador junto al mar, vivía una bella princesa rubia, en su hermoso palacio de cristal.
 
Las hadas más diestras le confeccionaban los más bellos vestidos con pétalos de rosa, y la blanca niebla marina peinaba su larga cabellera.
 

Pero la princesita no era feliz, pues en su delicado corazón se anidaba la envidia. Y en una continua tristeza se pasaba las horas tras las amplias ventanas de su palacio, contemplando el vaivén incesante de las olas marinas.
 

Un día divisó en el horizonte un punto blanco, que poco a poco se fue agrandando. Era una carabela con todas sus velas desplegadas al viento, la cual no tardó en llegar a la orilla.
 

Un rato después, pidió audiencia un apuesto marinero.
 

— ¿Qué motivo te trajo hasta mi solitario palacio? —le preguntó la princesa.
 

— Me enteré de vuestra eterna tristeza y me he propuesto que la sonrisa ilumine vuestro lindo rostro —dijo el joven.
 

— Eres osado, marinero. ¿Sabes que los sabios más egregios han intentado lo mismo sin éxito?
 

— Dejadme probar. Si fracaso, podéis disponer de mí.
 

— Demuéstrame tu ingenio, marinero.
 

El joven pidió un día de plazo para pensar y, al día siguiente, volvió a hablar con la melancólica princesa.
 

— ¿Por qué estáis siempre tan triste? —le preguntó.
 

— A nadie se le ha ocurrido preguntármelo.
 

— Pero yo os lo he preguntado.
 

— Pues bien: estoy triste porque no puedo encontrar un joyel incoloro, duro y cristalino, tan puro y transparente como una gota de rocío.
 

— ¿Nada más que por eso?
 

— Tener sólo eso me haría feliz.
 

— Lo conseguiréis, pero vos misma iréis a buscarlo.
 

— ¿Cómo sabré dónde encontrarlo?
 

— Yo os guiaré, princesa.
 

Navegaron varios días en la carabela y arribaron, al fin, a una lejana costa. Luego, el marinero dijo:
 

— Tenemos que separarnos, princesa. Seguid por este camino hasta llegar a la cima.
 

— ¿Y qué haré cuando llegue?
 

— Lo que os dicte el corazón. Si necesitáis mi ayuda, haced sonar este silbato y acudiré al instante.
 

Al quedarse sola la princesa en aquel extraño paraje, se sintió más triste aún y lloró desconsoladamente varias horas. Pero al dejar resbalar las lágrimas por sus mejillas, se dio cuenta que jamás en su vida había llorado; y que su corazón se desahogaba de aquella fea envidia que consumía su alegría.
 

Sonrió de pronto, y sus lágrimas, al caer sobre las rocas de la playa, se convertían en brillantes duras gotas de rocío.
 

— ¡Esto es precisamente, lo que deseaba! —exclamó ella—. Durísimas gotas de rocío para adornar mi cabellera.
 

Y recogiendo el rocío, la princesa sonrió por vez primera en su vida. Loca de alegría, tocó el silbato llamando al joven marinero. Llegó presto éste, y al estrechar la mano que le tendía la princesa, se convirtió en un apuesto príncipe.
 

Contó luego a la asombrada princesa que había sido encantado por una maligna hada del mar. Sólo recuperaría su verdadero estado cuando una bella princesa —que jamás hubiese llorado— estrechase su mano agradeciéndole un favor.
 

La princesa que vivió triste, ahora sonreía. Se casó con el príncipe y fueron tan felices, tanto que ella jamás quiso regresar a su palacio de cristal...

Cuento: El gigante egoísta

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Érase una vez un lugar en el cual los niños, al salir de la escuela, acudían cada tarde a jugar al jardín que poseía en su castillo un extraño hombre al que apodaban Gigante, y que hacía mucho tiempo no habitaba por allí. ¡Era un jardín tan hermoso! Se encontraba enteramente cubierto de hierba fresca, frutas de temporada y flores tan coloridas y brillantes como las estrellas más lucientes del cielo. Anidaban en sus árboles también los pájaros, que tendían a entonar bellísimas canciones que a los niños les encantaba escuchar. ¡Qué felices eran los niños en aquel lugar! Hasta que un día el Gigante, que había ido a visitar a su amigo el Ogro de Cornualles, decidió regresar a su hogar:
- ¡Qué hacéis en mi jardín, desdichados! ¡Sólo yo lo piso y juego en él!- Exclamó enfurecido el Gigante, que a partir de entonces, decidió levantar un muro en torno al castillo y un cartel a las puertas de la entrada al mismo, que amenazaba con represalias a todo aquel que se decidiese a penetrar en él.
- ¡Qué Gigante tan egoísta! ¡Éramos tan felices allí…! – Se decían los niños, muy apenados tras el suceso, puesto que desde entonces no disponían de ningún lugar adecuado y sin peligros en el que poder jugar.
Gigante-egoísta-2
Pasado un tiempo, cuando de nuevo llegó la primavera, toda la comarca se llenó de capullos y flores espléndidas. Toda, salvo el jardín del Gigante que parecía haberse detenido en el frío y crudo invierno. Las flores, los pájaros… Todos habían abandonado el jardín del Gigante egoísta entristecidos por la ausencia de los niños.
- ¡La primavera se ha olvidado de este jardín! – Gritaron ufanos la nieve y el hielo, decididos a invitar también al viento del norte en su gris paraíso. Este aceptó, y celebró su llegada tumbando con su fiereza las chimeneas que se alzaban humeantes a su alrededor, e invitando también al granizo que al igual que él aceptó, derrumbando con su llegada y sus terribles golpes, fachadas de casas y cobertizos.
- ¡Cómo puede tardar tanto en llegar la primavera! – Exclamaba el Gigante aterido de frío. Y la primavera finalmente no llegó, ni lo hizo el verano, y siempre parecía invierno en el jardín del Gigante.
Una mañana, echado en su cama, el Gigante percibió una música que le resultó bellísima. Se trataba de un humilde jilguero que cantaba posado sobre el alféizar de su ventana. Hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba el canto de un pajarillo, que el de éste le pareció el sonido más maravilloso que podía existir. De pronto, la nieve, el granizo, el viento y el hielo, dejaron de azotar su jardín y un delicioso perfume se adentró en su cuarto desde del exterior.
- ¡Creo que por fin ha llegado la primavera! – Exclamó dichoso el Gigante.
Al asomarse a la ventana, pudo observar a los mismos niños que un día había echado de su jardín. Los pequeños, que habían aprovechado una grieta abierta en el muro para volver a entrar, se encontraban allí jugando y riendo  sentados sobre las ramas de los árboles, colmándolas de dicha. Los pájaros revoloteaban y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped para verles mejor. Sólo en un rincón del jardín continuaba siendo invierno. En él, se encontraba un niño muy pequeño, tanto, que no podía alcanzar las ramas de los árboles como los otros niños, y daba vueltas llorando asustado sobre sí mismo.
- ¡Sube pequeño! – Le gritaba el árbol situado en aquel rincón, tendiéndole como podía sus ramas llenas de escarcha.
El corazón del Gigante se enterneció al contemplar desde su ventana aquella escena, y se lamentó con amargura.
- ¡Qué egoísta he sido! Ya sé al fin, porqué la primavera no quiso venir a mi jardín.
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Y tras aquellas palabras se propuso colocar al pequeño niño sobre la copa del árbol, derrumbar el muro que cercaba el jardín, y convertirlo tras esto, en el más maravillo lugar de recreo que los niños pudieran tener por siempre jamás. Pero al salir al jardín para cumplir sus cometidos, los niños se asustaron tanto que corrieron despavoridos huyendo de los árboles y del jardín, y trayendo con su fuga de nuevo el invierno. Sin embargo, un niño permaneció allí quieto sobre el jardín. Se trataba del pequeño situado en el rincón al cual no había llegado la primavera. El niño tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no había podido ver al Gigante, y éste lo cogió cariñosamente con sus manos, depositándole sobre el árbol al que no conseguía llegar. Tras ello, los pájaros acudieron y el pequeño envolvió el grueso cuello del gigante con sus tiernos  bracitos, y le regaló un beso. Los demás niños, que habían permanecido tras el muro observándolo todo, comprendieron que el Gigante ya no era malo ni egoísta y volvió con ellos y para siempre la primavera.
- ¡Desde ahora este es vuestro jardín! – Y el Gigante derrumbó el muro con un hacha.
Todo el pueblo pudo contemplar desde entonces la belleza y la felicidad reinante en aquel lugar al pasar frente al castillo. Los niños fueron felices y tuvieron un sitio seguro en el que jugar el resto de sus vidas.
- Tengo muchas flores hermosas, pero los niños son las flores más bellas – Dijo el Gigante conmovido por la felicidad de aquellos días.
 Sin embargo, la dicha del Gigante no era completa, ya que el pequeño niño que le había ayudado a despertar de su egoísmo no había vuelto al jardín desde aquel día. Y el Gigante envejeció con la pena de no volver a ver al pequeño corretear por su jardín. Ya cansado y débil, observaba una tarde de invierno desde una ventana jugar a los niños sobre el florido y fresco césped, cuando de pronto observó que en un rincón del jardín había florecido milagrosamente la primavera. Ante él, apareció aquel pequeño niño que tanto tiempo había esperado, con el mismo aspecto y rostro tierno de entonces, pero con unas extrañas señales de clavos sobre sus pies y manos. El niño, que observó el rostro preocupado del Gigante al verle, le dijo:
- No te preocupes por nada. Vengo a devolverte el regalo que me hiciste aquel día en tu jardín florido, y hoy quiero acompañarte al mío en el Paraíso – Exclamó el pequeño, dando al Gigante un beso en la frente tan tierno o más como el de aquel día.
 Aquella misma tarde encontraron al Gigante inerte, muerto, que sin embargo parecía dormir plácidamente y feliz tendido bajo el árbol florido, todo cubierto de capullos blancos…
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Cuento: El Jorobado de Notre Dame

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En uno de los lugares más hermosos de la ciudad de París, se hallaba una gran construcción, casi tan bella, como la ciudad que le daba cabida: Notre Dame. Notre Dame se trataba de una inmensa catedral que, según se decía, guardaba muchos misterios y, entre ellos, una historia en la cual lo feo y lo bello, así como lo malo y lo bueno, se entremezclaban entre la leyenda y la realidad. Dentro de aquella catedral se escondía un ser muy extraño, cuyo cuerpo al parecer, se asemejaba más a lo monstruoso que a lo humano. La maldad de los hombres había condenado a aquel ser llamado Quasimodo, a vivir en la oscuridad alejado del resto, a pesar de poseer un alma tan limpia como jamás se había visto en ningún otro lugar. Quasimodo habitaba la torre del campanario de la catedral, pero no lo hacía solo, le acompañaba un hombre muy cruel, el juez Frollo, que había visto nacer a Quasimodo erigiéndose en su amo desde entonces. Un día, Quasimodo, harto de su encierro y muerto de curiosidad por lo que pudiera haber en el exterior, decidió abandonar la torre del campanario e irse a explorar aprovechando uno de los días de fiesta más importantes de la ciudad, el Festival de los Bufones. En aquella fiesta Quasimodo pudo ver y conocer a la joven Esmeralda, y le pareció la persona más bella del mundo. Quasimodo también conocería aquel día al capitán de los soldados, Febo, y poco a poco, ambos se convertirían en sus mejores amigos. Qué feliz se sentía Quasimodo al ver que al fin era aceptado, a pesar de su apariencia, como uno más. Febo y Esmeralda, la gitana, pudieron contemplar en Quasimodo la nobleza y bondad de su alma y no dudaron en entregarle su amistad. Hasta el resto de la gente que poblaba la ciudad se dio cuenta de la riqueza de Quasimodo, y decidieron premiarle en la fiesta como Rey de los bufones, al feo más simpático y amable de todo el lugar. Sin embargo, Frollo, que contemplaba desde muy cerca la huida del campanario y traición de Quasimodo, no podía creerlo y, poco a poco era consumido por la rabia y el rencor. La maldad y el egoísmo de Frollo, no le permitían comprender que Quasimodo caminara libre por el mundo, y mucho menos que pudiese ser feliz. De manera que decidió urdir un plan para alejar a Quasimodo de sus nuevos amigos. Y de este modo, fue como Esmeralda y Febo fueron apresados y encarcelados, y Quasimodo conducido de nuevo al torreón de la catedral advertido de las consecuencias que tenía burlar y no obedecer las normas de un amo. Encadenado en el campanario de la catedral, el pobre Quasimodo no alcanzaba a comprender el porqué de tanta desdicha y maldad en un hombre. El cuerpo de Frollo no poseía ninguna deformidad como sí la poseía el suyo, y sin embargo, su corazón y su alma se encontraban completamente retorcidos bajo una apariencia aparentemente perfecta. Aquel corazón podrido por la envidia y el odio, y no él, sí que representaba la verdadera fealdad de los seres humanos… ¡Qué rabia e impotencia sentía Quasimodo ante tanta injusticia! Y tras mucho pensar, decidió que debía ponerle fin a aquella situación poniéndose en marcha. Fortalecido por el recuerdo de sus amigos, y sobre todo, por el recuerdo de la joven Esmeralda, sus brazos consiguieron finalmente romper y hacer añicos las cadenas que le amarraban a la torre del campanario, y aunque era consciente de que Frollo jamás le perdonaría aquel desafío, su sentido de la justicia y de la amistad le convertían en alguien mucho más fuerte y poderoso que el miedo mismo. Así, tras liberarse de las cadenas, consiguió encontrar a sus amigos y liberarles también. La liberación de Febo y de la joven Esmeralda convirtió a Quasimodo en un auténtico héroe local: un héroe feo, tal vez, pero poseedor del alma más hermosa y poderosa de toda la ciudad.

Cuento: La sirenita

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Hace mucho tiempo, cuando el fondo del mar tenía hermosos palacios de mármol y coral, habitados por bellas sirenas, había entre ellos uno que se decía estaba encantado.
 
La más joven de la seis princesas sirenas que vivían en aquel palacio encantado se sentía desgraciada, no obstante poseer el cutis de rosa y los ojos azules como el agua marina.
 
— Mamá —preguntó un día la sirenita a su madre— ¿cuándo podremos salir a la superficie para admirar las cosas tan bellas que hay en la tierra?
 
— Cuando tengáis quince años —le respondió su madre—. Entonces podréis sentaros sobre las rocas, a la luz de la luna, y admirar los barcos que cruzan los océanos. 

Pero la pequeña, no pudiendo contener su impaciencia nadó hacia la superficie sin que nadie la viera.
 
El mar estaba muy alborotado y la sirenita, llena de espanto, vio cómo un barco se estrellaba contra los arrecifes.
 
De pronto, oyó la voz de un joven que pedía socorro. La sirenita nadó hacia él y lo cogió por los cabellos, antes de que se hundiera. Se dijo, entonces, la pequeña:
 
— Se ha desmayado. Lo mantendré a flote y lo llevaré a la playa.
 
Cuando salió el sol, la gente de la ciudad encontró al joven en la playa. La sirena, escondida, detrás de unas rocas, observó los gestos de alegría de la muchedumbre.
 
— ¡Nuestro príncipe se ha salvado! —gritaban.
 
El príncipe sonreía feliz a quienes le aclamaban y luego entró con la gente en un palacio blanco. La sirenita, apenada por no haber recibido las gracias de su protegido, volvió al fondo del mar y no pudo sonreír desde entonces.
 
— ¿Qué has visto en la superficie? —le preguntaron, curiosas, sus hermanas.
 
Pero ella no les respondió. Siempre había sido silenciosa y pensativa, pero ahora lo fue mucho más. Procuró distraerse cuidando las bellísimas flores de su jardín submarino. Muchas veces subió a la superficie, en las noches de luna, pero nunca más volvió a ver al príncipe.
 
Un día, no pudiendo acallar más su pena, contó a sus hermanitas lo que le había sucedido.
 
— Si pudiera caminar por la tierra —les dijo—, iría a buscar el príncipe y no me apartaría de su lado.
 
— Quizá logres tu deseo —dijo un pulpo que había estado escuchando—, si haces una visita a la bruja de la cueva de los acantilados.
 
La sirenita fue hasta esa cueva y encontró a la bruja. Ésta le preguntó con voz desafinada:
 
— ¿Qué quieres de mí?
 
— Quisiera tener dos piernas como las princesas de la tierra.
 
— Te has enamorado del príncipe ¿no es cierto?
 
— Sí —respondió la sirenita, con voz trémula.
 
— Te ayudaré —prometió la bruja—. Conseguiré que tu cola de pez se convierta en un par de robustas piernas, pero tú, a cambio, tendrás que darme algo.
 
— Te daré lo que desees —dijo la sirenita—; todo el oro que hay en el mar, collares de perlas y de coral.
 
— ¡Bah! ¡Bah! —Interrumpió la bruja—. Todo eso no me interesa. Lo que quiero es tu voz.
 
— Pero si me quitas la voz, ¿cómo podré hablar con el príncipe? —replicó la sirenita.
 
— En tus ojos leerá él lo que sientes —afirmó la bruja.
 
— De acuerdo —se resignó la sirena—. Te daré mi voz, a cambio de las dos piernas con la que iré donde el príncipe.
 
— Toma este brebaje —dijo la bruja, ahora con la dulce voz que le había dado la sirena—, y verás cumplidos tus deseos.
 
La sirenita bebió el brebaje y su cola de pez desapareció para dar paso a un par de esbeltas piernas. Luego, se fue a la ciudad y encontró que en el palacio del príncipe estaban celebrando una fiesta.
 
— No te dejarán entrar, preciosa —le dijo un conejito curioso, que atisbaba en la puerta.
 
— ¿Por qué no? —Dijo la joven—. Mi traje es tan hermoso como el de esas damas que bailan en el salón.
 
Tal como lo pensó, los centinelas, al verla tan elegante y bonita, se apartaron para abrirle paso. El príncipe, al verla entrar al salón, le pidió que bailara con él. La sirena accedió, emocionada, con una angelical sonrisa.
 
— ¿Cómo te llamas? —interrogóle el príncipe, pero la sirenita, como se había quedado muda, no pudo responder.
 
— ¿Eres muda? —volvió a preguntar el príncipe, y ella, llorando de pena, afirmó con la cabeza.
 
— Ven —le dijo el príncipe después del baile—, quiero que conozcas a mi novia, que es tan bonita como tú.
 
La sirenita hubiera querido gritar: ¡Yo también te quiero! ¡Yo te salvé de morir ahogado! Pero, como no tenía voz, nada pudo decir.
 
Pasados unos días, el príncipe se casó con la bella princesa que había venido de remotos países.
 
La sirena tuvo que conformarse con llevar la cola del albo vestido de la novia. Las campanas sonaban con ritmo de fiesta, pero para ella resonaban tristemente.
 
Los novios se embarcaron en una hermosa nave y la sirena fue a despedirlos a la playa. Y allí se quedó hasta el anochecer. Sus hermanas, que salieron a la superficie, le dijeron:
 
— No llores más, hermanita. Nosotras, las sirenas, no podemos conquistar el amor de un ser humano. Debes resignarte.
 
La bruja devolvió la cola de pez a la sirena y las seis hermanas volvieron al fondo del mar.
 
Y en las noches de luna, la sirenita enamorada vuelve a salir a la superficie a espiar el paso de los barcos.
 
Desfilan muchas naves, pero en ninguna viaja el príncipe a quien un día le salvó la vida y por quien languidece de amor.

Cuento: DUMBO

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El tren del circo, lleno de animales, payasos y acróbatas, viajaba a través del campo. La locomotora iba delante resoplando y arrastrando a los vagones. En cada ciudad por donde pasaban, el circo daba un gran espectáculo. Era primavera y las mamás animales esperaban el acontecimiento más importante del año: la llegada de las cigüeñas que iban a traer a los bebés. Miraban anhelantes al cielo, y finalmente una cigüeña entregó un paquete a una joven mamá elefante. La señora Jumbo desenvolvió su envío y los demás elefantes lo rodearon diciendo: - ¡Qué bebé tan lindo! ¡Qué rico es! De pronto, el bebé hizo una mueca y estornudó. Con el estornudo desplegó las orejas y todos vieron que eran muy grandes. Los elefantes empezaron a burlarse: - ¡Qué enormes orejas! – ¡Parece un barco de vela! – Déjeme que las toque. ¿Serán de verdad? A la señora Jumbo no le gustaron las bromas y gritó: - ¡Aparten sus trompas de mi bebé! ¡No quiero que se metan con él! El elefantito empezó a llorar, pero la señora Jumbo lo acercó a su cuello, acariciándolo con la trompa. - Vas a llamarte Dumbo, le dijo. Al día siguiente, el tren paró en una ciudad, donde los elefantes ayudaron a armar el circo. Hasta el pequeño Dumbo trabajó al lado de su madre. Por la tarde todos desfilaron por la calle principal. El primero iba el director del circo; a su lado, dos payasos; después venían los camellos, leones y tigres, y cerrando el desfile iban los elefantes, con Dumbo al final. cuento-infantil-dumbo EL pequeño estaba tan emocionado que tropezó con sus orejas. Unos chicos traviesos empezaron a tirarle de ellas, riéndose a carcajadas y burlándose. - ¡Con esas orejas no te mojarás en días de lluvia! La señora Jumbo se enfureció, llenó la trompa de agua y dio un baño a los chavales. Como eso no había ocurrido nunca antes, todos pensaron que se había vuelto loca. El director del circo mandó encerrar a la señora Jumbo en un vagón con barrotes. El pobre Dumbo se quedó fuera llorando, solito y asustado. Los demás elefantes comentaban el suceso, echando la culpa a Dumbo. Decían que su madre estaba presa por su causa. - ¡Tú no eres un elefante, eres un monstruo! El ratoncito Timoteo apareció para defender al pequeño y los elefantes huyeron debido al miedo que tenían a los ratones, en ese momento Timoteo y Dumbo se hicieron grandes amigos. Al siguiente día, el director del circo decidió que Dumbo trabajara en el número de los payasos. Montaron en la pista una gran casa de papel, en donde Dumbo tenía que saltar a través del fuego para caer en la lona de los bomberos pero, al realizar el salto, cayó de mala manera y la gente se rió a carcajadas. El pequeño, después del espectáculo, estaba muy dolorido por lo sucedido, Timoteo al verle en ese estado le dio tanta lástima que tuvo una gran idea: -Tus orejas parecen alas. Tú puedes volar. ¡Vamos, empieza a agitar las orejas, arriba, abajo! -¡Pero los elefantes no vuelan!, protestó Dumbo. -Ese es su problema, respondió Timoteo. ¿Te acuerdas que te decían que tú no eras un elefante? Tú volarás. Vamos a entrenarte al campo. ¡Date prisa! Dumbo se animó mucho y siguió a Timoteo hasta un barranco, donde empezaron el entrenamiento. Timoteo mandó a Dumbo que saltara, agitando las orejas como si fuesen alas pero no se atrevía a saltar solo por lo que Timoteo se subió en su sombrero. Con su amigo acompañándole se armó de valor y realizó un espectacular salto, moviendo las alas, pero cayó en plancha al suelo. Dumbo y Timoteo probaron muchas veces. Saltaba al barranco, movía las orejas, pero siempre se estrellaba con el suelo. No conseguía volar. Al acabar el entrenamiento los dos estaban tan cansados que se quedaron a dormir allí mismo. Durante la noche, el pequeño elefantito soñaba que planeaba en el aire, volando ligero y ágil como un pajarito hasta que a la mañana siguiente, cuando Timoteo despertó, vio enfrente a cuatro cuervos. - ¿Dónde estoy?, preguntó restregándose los ojos. – Está usted en la copa de un árbol. Y ahora explíquenos cómo usted y ese elefante han conseguido subir aquí, dijeron los cuervos admirados. Timoteo se quedó atónito. ¡Era verdad!¡Estaban en la copa de un árbol! - ¡Despierta, Dumbo, despierta!, gritó Timoteo muy excitado. ¡Serás famoso! ¡Puedes volar! Dumbo despertó, y sólo de pensar que había volado dormido, se sintió aturdido. - Vamos, Dumbo, inténtalo ahora. Vamos a volar de aquí hasta abajo, dijo Timoteo. Dumbo se lanzó al aire, pero cayó en un charco de agua que había debajo. Se levantó medio atontado, todo sucio y mojado. Los cuervos se rieron: - ¡Ja,ja,ja!¡Lo que faltaba!¡Que los elefantes volasen! Timoteo se encaró con ellos: -¡Ustedes no tienen corazón! ¡Burlarse de un pobrecillo que nació con orejas como alas! Los cuervos pidieron disculpas y prometieron enseñar al pequeño elefante a volar. - Toma esta pluma mágica, dijo el cuervo. Ella te hará volar. Nuestros pajarillos aprenden con ella. Dumbo tomó la pluma mágica con la trompa y cogió confianza. Agritó las orejas y empezó a volar. -¡Viva!¡Estas volando!, exclamó Timoteo muy contento, acomodado en el sombrero de Dumbo. -¡Vamos a darle un diploma de elefante volador!, dijeron los cuervos, entusiasmados con el alumno. Dumbo se entrenó bastante y aprendió muchos trucos. Después, regresó al circo. Timoteo, como siempre, iba escondido en el ala de su sombrero. Aquella noche, una vez más, Dumbo tenía que saltar de la casa en llamas. Pero todo fue diferente: ¡salió volando! El público aplaudió entusiasmado. Todos estaban admirados de ver un elefante volador, pero en un pequeño instante mientras volaba perdió la pluma mágica y empezó a caer. - ¡Puedes volar sin ella, Dumbo! ¡Continúa batiendo las orejas!, ordenó Timoteo. Dumbo obedeció y subió de nuevo con el aire. La gente aplaudía y gritaba: - ¡Viva, Dumbo, el elefante volador! ¡Viva!. Nuestro amigo se hizo tan famoso que el circo pasó a llamarse con su nombre. Su madre fue liberada y le dieron un vagón especial, muy bonito, al final del tren, desde el que podía ver a su hijito volar cuando viajaba.

Cuento: El flautista de Hamelin

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¿Sabíais que el cuento de El Flautista de Hamelin, procede de una auténtica leyenda de la Edad Media? Se cree que en torno al siglo XIII, en la ciudad alemana de Hamelin, pudo existir un suceso lo suficientemente fuerte e importante para aquella sociedad, que lo convirtiese en una historia transmitida con el tiempo de generación en generación. Este hecho hace que hoy conozcamos diversas versiones del mismo cuento. Muchas fueron las causas que pudieron convertir a aquella sociedad en leyenda, ya que además de la peste que asolaba a Europa en aquel siglo, y sus devastadoras consecuencias, en muchas ocasiones las guerras también provocaban vacíos sociales que llegaban a incluir y afectar a los niños en cuanto al reclutamiento de los ejércitos. Se han barajado, en consecuencia, muchas causas que pudieran dar respuesta a la desaparición de los niños de Hamelin en aquel tiempo, entre ellas, incluso, accidentes geográficos como los corrimientos de tierras. Sea cual fuese el suceso ocurrido en Hamelin, lo cierto es que terminó convirtiéndose en una bella historia con numerosas versiones, inmortalizada por los Hermanos Grimm en el siglo XIX y que no os debéis perder. Cuento que hoy compartimos con vosotros y añadimos a nuestra sección. Hace muchos años existía un pueblo muy hermoso y bello que se llamaba Hamelin. Pero una mañana sucedió algo muy extraño. Cuando los habitantes salieron de sus casas se encontraron las calles pobladas de ratones que roían todo lo que se encontraban a su alcance. Por más ratoneras que colocaban los habitantes, no los eliminaban. Al contrario, parecían aumentar. La presencia de los ratones era tal que hasta asustaba a los gatos. Ante la invasión, el alcalde de Hamelin convocó una reunión con el fin de poder encontrar una solución al problema junto a todos los pobladores. Todos discutían pero nadie daba una solución, hasta que el alcalde dijo: -Tenemos cien monedas de oro que daremos a quien nos libere de los ratones. Toda la gente aplaudió la idea y se retiraron contentos. Pegaron carteles por la ciudad y alrededores: «Cien monedas de oro a quien acabe con la plaga de ratones en Hamelin», rezaba el cartel. Un día, un hombre alto y delgado vestido de negro, con un sombrero de punta, que llevaba consigo una flauta, mirando el letrero se dijo: «La recompensa de Hamelin va a ser mía. Esta noche limpiaré Hamelin de la plaga de ratones». Así, cogió su flauta y comenzó a tocar mientras caminaba por las calles. Era tan melodiosa su música que los ratones acudían unos detrás de otros persiguiendo al músico, al son de su flauta dulce. Los vecinos observaban asombrados como el flautista se alejaba del pueblo acompañado de un séquito de ratones. Llegados a un río, el flautista lo cruzó sin dejar de tocar su flauta. Los ratones por su parte, que no dejaban de seguirle, no pudieron, sin embargo, cruzar el río siendo llevados por el caudal del agua. Los habitantes felices por haberse deshecho de los molestos ratones, celebraron con música y baile la noticia toda la noche. El flautista acudió a ver al alcalde y reclamar su recompensa, pero como ya no había ratones, el alcalde no le hizo caso y le echó de su oficina diciendo: -Márchate de la ciudad. O ¿acaso piensas que te vamos a dar tanto oro por tocar una flauta? Y el flautista, muy molesto, prometió vengarse. Tocó una melodía mucho más dulce que la anterior. Esta vez, quienes lo siguieron no eran ratones, sino los niños de Hamelin, que salían de sus casas atraídos por la mágica música del extraño flautista. Dejaban sus juegos para acompañar al músico, y hasta los más pequeños dejaban sus cunas. Todos iban detrás del flautista. Llegaron a una gran montaña, y con una seña, esta se abrió mostrando un mundo lleno de juegos, dulces y felicidad eterna. Todos los niños corrieron, y cuando estuvieron dentro la montaña, esta se cerró atrapando a todos menos a uno, que usaba muletas y al caminar más lento se había quedado rezagado del resto. Aquel niño, al ver como desaparecían todos se escondió, y esperó a que el flautista se fuera. Tras esto, el niño regresó a Hamelin y contó todo lo ocurrido a los adultos. El pueblo acudió a la montaña con palas y picos intentando abrirla, pero por más esfuerzo que hicieron, no lo lograron. Todos se sintieron muy tristes entonces y se arrepintieron de engañar al flautista. Y Hamelin se volvió un pueblo muy triste y silencioso, en el que por más que se buscase, nunca molestaba una rata, ni se podía ver a un niño…

Cuento: El soldadito de plomo

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Había una vez un niño que tenía muchísimos juguetes. Pero, un día, su abuelo le regaló uno muy especial que aún no tenía y que se convirtió en el mejor de todos. Se trataba de una caja de madera muy hermosa, que contenía en su interior todo un conjunto de soldaditos de plomo realizados a mano y, con mucho tiento, a base de fuego y metal. - ¡Soldaditos de plomo! ¡Muchas gracias, abuelo!- Dijo
con alegría el niño tras recibir su regalo. Tras esto el pequeño fue sacando cuidadosamente, uno a uno, a todos y cada uno de aquellos soldados de la caja, y los depositó sobre su mesita de escribir uno detrás de otro en formación. ¡Qué elegantes se veían! Parecían un ejército, espléndido y completo, uniformados en tonos rojos y azules. Sin embargo, al sacar de la caja al último de los soldaditos, el pequeño pudo observar que le faltaba una pierna, de la cual carecía desde nacimiento, ya cuando se encontraban los artesanos fundiendo al último de aquellos soldados el plomo se les agotó. Lejos de importarle al pequeño que aquel soldado estuviese incompleto, decidió otorgarle un sitio en su habitación más especial que al resto: lo situó frente a uno de sus mejores juguetes, un hermoso castillo realizado en papel, custodiado por una bella princesa vestida con delicado vestido de tul rosa y los brazos muy altos, pues era bailarina. Aquella bella figura tenía una de sus piernas en posición de ballet, tan alzada, que el soldadito no alcanzaba a verla creyendo así que le faltaba igual que a él. Permaneció desde entonces embelesado frente a la bailarina el soldadito, ajeno a la vida que cobraban el resto de juguetes de la habitación cuando el pequeño se iba a dormir. Aquellos juguetes saltaban, brincaban, y se comunicaban entre ellos divirtiéndose alegremente. Todos menos el soldadito, que tan solo miraba a la bailarina firme y sin cesar: - ¡Es tan bella e igual a mí!- Pensaba el soldadito mientras veía a la bailarina enamorado. Pero entre el resto de los juguetes se encontraba uno muy singular que apenas se divertía con los demás durante la noche, vigilando siempre al soldadito de plomo. Se trataba de un duende encerrado en una caja sorpresa, desde la que solía saltar para asustar a cualquiera que se atreviese a tocarle con un solo dedo. Un día, el mal encarado duende, le dijo al soldadito: - ¿Se puede saber qué miras, ahí plantado? Pero el soldadito no contestó al duende y permaneció con la mirada fija frente a la bailarina: - ¡Ah! Pues como no me quieres contestar…atente a las consecuencias- Exclamó el duende amenazando al soldadito. Una tarde, el pequeño decidió cambiar de lugar al soldadito de plomo situándole con el resto de sus compañeros, para que fuesen al fin un verdadero grupo de soldados completo. Mientras los iba organizando a todos, el pequeño depositó sin mucho pensar al soldadito de plomo en el alfeizar de su ventana. Y, misteriosamente, cuando el muchacho levantó la mirada, el soldadito ya no estaba. El pequeño buscó y buscó por todos los rincones de su habitación pero no daba con el soldado, y pensó que tal vez podría haberse caído a la calle con una ráfaga de viento. Sin embargo, el pequeño no pudo continuar su búsqueda debido al mal tiempo y la lluvia que azotaba con fuerza la fachada de su casa, y mamá le obligó a esperar: - Cuando cese la lluvia lo buscarás- Dijo su madre preocupada. Pero unos niños, que sí se encontraban en la calle jugando bajo la lluvia, se adelantaron al pequeño y encontraron al soldadito bajo la ventana. Entusiasmados, decidieron jugar con él: - ¡Le haremos navegar en un barco de papel!- Exclamó uno de los niños. De este modo, cogieron un periódico viejo, hicieron un barquito y, aprovechando que la lluvia había formado pequeños riachuelos en las aceras, pusieron al soldadito a navegar por ellos sobre el barco de papel, y los pequeños riachuelos condujeron al soldadito hasta una alcantarilla: - ¡Dios mío! ¿A dónde iré a parar? ¿Qué será de mí? ¿Habrá cumplido el duende su amenaza y por ello estoy aquí? Ah…Nada de esto me importaría si estuviera conmigo ella, la hermosa bailarina. Y el barquito, al ser de papel, poco a poco se fue hundiendo y deshaciendo cada vez más, mientras el soldadito era arrastrado con fuerza por el agua. Así continuó navegando sin poder parar, hasta que el riachuelo le condujo hasta el mismísimo mar. Pero, de pronto, el barquito ya no podía sostener al soldadito de tan mojado como estaba, hundiéndose finalmente. Poco antes de llegar al fondo un pez muy grande se lo tragó. Todo era silencio: - Qué oscuro está. Pero, ¿dónde estoy?- Dijo aturdido el soldadito de plomo. Y, cansado de cuestionarse su destino, el soldadito se durmió en la boca oscura del gran pez. Poco duró, sin embargo, la tranquilidad del pobre soldadito de plomo, que despertó de su siesta asustado por unos repentinos temblores y tambaleos que le sacudían en el interior de aquella garganta. Pero, ¿qué estaba ocurriendo? El pez había sido pescado y caminaba rumbo al mercado de la ciudad, con tan buena suerte que, la madre del pequeño que había recibido a los soldaditos de plomo como regalo, había acudido también en busca de pescado fresco para poder cocinar. Y así fue como finalmente el soldadito fue liberado y devuelto a su lugar. Muy contento el pequeño por tener de nuevo al soldadito de plomo, tras colocarlos en la mesa de trabajo de su cuarto, justo frente a la ventana, acudió a la llamada de su madre y bajó a cenar. Y en un momento, una fuerte ráfaga de viento casi inexplicable, abrió con fuerza la misma que se encontraba esta vez cerrada, despidiendo al soldadito de plomo directo a la chimenea encendida del cuarto. El pobre soldadito, que se derretía lentamente bajo las llamas, imaginaba sin cesar a la bailarina, y aquellos pensamientos cariñosos y alegres le mitigaban el dolor. De pronto, una nueva ráfaga de viento empujó a la bailarina de papel hacia el fuego, en un singular revoloteo que parecía una magnífica función de ballet. A la mañana siguiente, apagado el fuego, el pequeño encontró bajo las ascuas un pedazo de corazón de plomo fundido, que parecía lanzar destellos de purpurina y telas de tul y seda…